A continuación presentamos el índice del próximo número de la revista literaria Tinta Expresa, que saldrá a la luz en febrero. El tema central en esta ocasión es la literatura fantástica, además de un homenaje a José B. Adolph.
Silencio cuando estamos casi muertos,
de tanto decir muerte por la boca,
comiendo con nuestros oídos abiertos,
palabras, esqueletos de gaviotas.
J. Fandermole
[1.er piso]
–Hoy escuché las mismas voces.
Esta historia me la contó mi mujer. Ella nació en Huacapuy, un pueblito de prodigios y maravillas. El relato refiere que una mañana de abril el pueblito comenzaba a sacudirse del descanso nocturno cuando las viejas campanas de la iglesia repicaron de pronto. Esto era un hecho inusual a esa hora. La gente, entre alarmada y sorprendida, fue reuniéndose en el atrio. El propio párroco, vestido con ropa de dormir, salió intrigado y se sumó a la población que observaba atónita la torre. Las campanas siguieron sonando por varios minutos en un tono monocorde y distendido. La curiosidad corroía a los pobladores. Después siguió un largo silencio y por la puerta de la iglesia salió un muchacho de baja estatura, delgado, con piernas de alicate y vestido de un modo extraño. Al aproximarse las personas formaron un círculo a su alrededor.
De saber, puestos a ello, lo sabía el Papa de Roma y quizá hasta el mismísimo arzobispo de Lima: el penetrante y verdadero olor de la santidad era el de la cochambre. Eso de limpiarse el cutis y el resto del pellejo venía a ser una lisura de pecaminosos o marrulleros, o una vanitas vanitatum, como cascaba el Viejo Testamento. Y sin chistar, al respecto, la pobre Rosario, Rosarito para sus familiares íntimos y otros de igual apego, había salido bíblica en todo y sobre todo en aquello de no bañarse. Era una niña que aspiraba al Paraíso y, a la sazón, no estaba dispuesta a claudicar por el aderezo picante de unas cuantas liendres y pulgas, estas últimas también criaturas y muy prójimas de Dios. Además, y sacando ya los trapitos al aire, resultaba clarísimo que entonces se le aflojaba el buche con las vergüenzas de ser vista desnuda. “Pero, mijita”, le espetaba la india Mariana, su sierva, “¿quién me la va a ver en su baño si es a puerta cerrada?”. Y la Rosarito que le respondía, avispándose y echando vuelo: “¡El Señor! Para Él no hay puertas que valgan”, mientras que la indiana quería echarle el guante dando voces de que eso era no solo una tontería sino hasta una blasfemia, porque la Rosarito estaba diciendo que el buen Diosito era un fisgón de las muchachas en cueros. Y había que ver el bochinche que se armaba. Pero, nada de nada. No había argumento, por muy sesudo que fuera, que lograra persuadir a la niña de los hartos beneficios de la limpieza. “Quiero ser santa”, decía llorando.
Un bebé duerme plácidamente al borde de la cama. Existe paz en él y en su lenta respiración. Duerme como concentrado en el descanso y quizá, dentro de su pequeña cabeza de cabellos ralos, se tejen los primeros ensayos de verdaderos sueños. El hilo es tan delgado, tan delgada la frágil textura, que en realidad no se sabe qué contienen sus misteriosos sueños. No tiene recuerdos, tampoco existe un lenguaje estructurado en él. Si no existe nada, debe tratarse de algo más simple pero no por eso menos importante. Podrían ser solo profundas oscuridades. Lo más seguro es que, dentro de su cabeza, se esté gestando el principio del mundo.
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